El priismo y el cambio de régimen

Desde hace dos siglos, la política latinoamericana ha estado marcada por un debate entre “liberales” y “conservadores”, sin que haya quedado claro cómo aterrizar estas etiquetas en la realidad actual. Tan es así que hoy podemos ver en las redes sociales cómo unos actores políticos se autoproclaman como liberales, mientras son desmentidos por otros, que también se hacen llamar liberales.

Más allá del debate de las etiquetas, existen ciertas prácticas políticas, ciertas formas de comprender el poder y la administración de lo público, que han pasado a convertirse en auténticas categorías políticas, es decir, en modelos de ejercicio del poder. En México, dentro de esas prácticas se encuentra “el priismo”, una categoría donde ya no es necesaria la filiación a un partido político, sino que se trata de la práctica que define la simulación, el oportunismo y una visión monolítica del poder.

El priismo logró imponerse como práctica en la política nacional, teniendo como ejes, en primer lugar, la corrupción, que consiste en asumir como patrimonio propio tanto el puesto como las instituciones a su cargo; en segundo lugar, el presidencialismo, que es la idea de que el ejercicio del poder es monolítico y su administración emana verticalmente de un único individuo; y en tercer lugar, el abuso de una demagogia que no dice nada y que deriva en el vaciamiento del discurso político.

Este modelo de administración del poder ha marcado algunos de los capítulos más vergonzosos de nuestra historia nacional: Desde los caudillismos mesiánicos y los cacicazgos del siglo pasado hasta los casos más recientes de la generación de gobernadores más corrupta de la historia o lo que podríamos llamar la “aristocracia hacendaria”, a la que se enfrentó el gobernador de Chihuahua, o el #GobiernoEspía o el esquema de corrupción de la #EstafaMaestra.

La categoría del priismo, desafortunadamente, se ha enquistado en nuestra vida pública más allá del PRI y sus aliados. Hoy la vemos en la irritabilidad de tantos actores políticos frente a la crítica, en la construcción de mesianismos organizados verticalmente, y quizá, de manera preocupante, en el mal uso que, en algunos casos, se le está dando a las candidaturas independientes.

La única forma de romper con una categoría y una práctica política como el priismo es mediante el diálogo abierto y horizontal; mediante la construcción de espacios que rompan con la lógica de un poder monolítico; mediante el debate de las ideas y de nuestras diferencias por encima de la simulación o la imposición.

El cambio del régimen político va más allá de formar un gobierno de coalición o cambiar la manera en que se administran las instituciones, pasa necesariamente por desarticular las “prácticas” que se han enquistado en la vida pública, entre las cuales, una de las más graves es el priismo, y no hablo, desde luego, de desterrar a una organización política legítima, sino de acabar con esa práctica y esa concepción del poder presentes en la política mexicana.

Una vez que liberemos a nuestro sistema político de esta categoría, estaremos en condiciones de transitar hacia un cambio del régimen político y hacia una discusión sobre el futuro de México.

   *Precandidato a Senador de la República por Movimiento Ciudadano en Jalisco.

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Source: Nacional

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